Escrito
entre junio y julio de 1930 fue originalmente titulado por el Dr.
Bach con el significativo nombre de “Salgamos al Sol”
(“Como out into sunshine”). Su denominación actual,
también traducida por “Cúrense a Uds. mismos”,
fue propuesta por la empresa editora según consta en una
de las cartas que se conservan.
En
este impresionante Escrito del Dr.Bach describe su cosmivisión,
su filosofía de la vida (y después de la vida en la
tierra), cómo entiende la enfermedad, sus causas y cómo
lograr la curación. De lectura imprecindible para
todo aquel que desee adentrarse en el sistema de esencias florales
de Bach.
CAPÍTULO
I
No
pretende este libro sugerir que es innecesario el arte de curar; lejos
de nosotros semejante intención; pero sí esperamos humildemente
que sea una guía para quienes sufren, y les ayude a buscar
dentro de sí mismos el origen real de sus enfermedades para
que así puedan ayudarse a curar. Aún más, esperamos
que pueda estimular a aquellos, tanto en la profesión médica
como en las órdenes religiosas, que se preocupan por el bienestar
de la humanidad, a redoblar sus esfuerzos para aliviar los sufrimientos
humanos, y de ese modo acelerar el advenimiento del día en
que sea completa la victoria sobre la enfermedad.
La
principal razón del fracaso de la ciencia médica moderna
es que trata los síntomas pero no las causas. Durante muchos
siglos, la auténtica naturaleza de la enfermedad ha quedado
enmascarada por el materialismo, y así la enfermedad ha tenido
todas las oportunidades de extender sus estragos, puesto que no se
han atacado sus orígenes. La situación es como la de
un enemigo poderosamente fortificado en las colinas, enviando continuas
guerrillas por el territorio de alrededor, mientras la gente, descuidando
la guarnición fortificada, se contenta con reparar los daños
causados en las casas y con enterrar a los muertos provocados por
los guerrilleros. Así es, en términos generales, la
situación en la medicina actual: se hace un remiendo en los
atacados y se entierra a los degollados, sin pensar en la verdadera
fortaleza.
Nunca
se erradicará ni se curará la enfermedad con los actuales
métodos materialistas, por la sencilla razón de que
la enfermedad no es material en su origen. Lo que nosotros conocemos
como enfermedad es el último resultado producido en el cuerpo,
el producto final de fuerzas profundas y duraderas, y aunque el tratamiento
material sólo sea aparentemente eficaz, es un mero alivio temporal
si no se suprime la causa real. La tendencia moderna de la ciencia
médica, al interpretar equivocadamente la verdadera naturaleza
de la enfermedad y concentrada en términos materiales en el
cuerpo físico, ha aumentado enormemente su poder; primero,
desviando los pensamientos de la gente de su auténtico origen
y, por ende, el método de ataque efectivo, y segundo, al localizarla
en el cuerpo, despertando un gran complejo de miedo a la enfermedad
que nunca debió existir.
La
enfermedad es, en esencia, el resultado de un conflicto entre el Alma
y la Mente, y no se erradicará más que con un esfuerzo
espiritual y mental. Estos esfuerzos, si se llevan a cabo adecuadamente,
con entendimiento, como veremos más adelante, pueden curar
y evitar la enfermedad al eliminar esos factores básicos que
son su causa primaria. Ningún esfuerzo dirigido únicamente
al cuerpo puede hacer algo más que reparar superficialmente
el daño, y no hay curación en ello, puesto que la causa
sigue siendo operativa y en cualquier momento puede volver a demostrar
su presencia de otra forma. De hecho, en muchos casos, una aparente
mejoría resulta perjudicial, al ocultarle al paciente la auténtica
causa de su molestia, y, con la satisfacción de una salud aparentemente
mejorada, el factor real, no descubierto, puede adquirir renovadas
fuerzas. Contrastemos estos casos con el del paciente que sabe, o
que recibe luz de un buen médico, cuál es la naturaleza
de las fuerzas adversas espirituales o mentales que actúan,
y cuyo resultado ha precipitado lo que llamamos enfermedad en el cuerpo
físico. Si ese paciente trata directamente de neutralizar esas
fuerzas, mejora su salud en cuando tenga éxito en su empresa,
y, cuando se complete el proceso, desaparecerá la enfermedad.
Ésta es la verdadera curación, y consiste en atacar
el baluarte, la auténtica base de la causa del padecimiento.
Una
de las excepciones a los métodos materialistas en la ciencia
moderna es la del gran Hahnemann, fundador de la homeopatía,
que con su comprensión del benéfico amor del Creador
y de la Divinidad que reside dentro de cada hombre, estudiando la
actitud mental de sus pacientes ante la vida, el entorno y sus respectivas
enfermedades, se propuso buscar en las hierbas del campo y en el terreno
de la naturaleza el remedio que no sólo curase sus cuerpos,
sino que al mismo tiempo beneficiase a su actitud mental. Cuán
deseable sería que los verdaderos médicos que aman a
la humanidad extendieran y desarrollaran su ciencia.
Quinientos
años antes de Cristo, unos médicos de la antigua India,
trabajando bajo la influencia del Señor Buda, desarrollaron
el arte de curar hasta un estado tan perfecto que pudieron abolir
la cirugía, aunque la cirugía de la época era
tan eficaz, si no más, como la nuestra. Hombres como Hipócrates,
con sus elevados ideales de curación; Paracelso, con su certeza
de la divinidad del hombre, y Hahnemann, que se dio cuenta de que
la enfermedad se originaba en un plano por encima del físico
-todos ellos sabían mucho de la auténtica naturaleza
y remedio de los padecimientos-. Cuánta miseria y daño
se habría ahorrado en los últimos veinte o veinticinco
siglos si se hubieran seguido las enseñanzas de esos grandes
maestros; pero, como en otras cosas, el materialismo invadió
el mundo occidental con tanta fuerza, y durante tanto tiempo, que
las voces de los obstaculizadores prácticos se alzaron por
encima de los consejos de quienes conocían la verdad.
Afirmemos
brevemente que la enfermedad, en apariencia tan cruel, es en sí
beneficiosa y existe por nuestro bien, y, si se interpreta correctamente,
nos guiará para corregir nuestros defectos esenciales. Si se
la trata de manera adecuada, será la causa de supresión
de nuestros defectos y nos dejará mejor y más plenos
que antes. El sufrimiento es un correctivo para destacar una lección
que de otro modo nos habría pasado desapercibida y que no puede
erradicarse hasta que no se aprende la lección. Digamos también
que aquellos que comprenden y son capaces de leer el significado de
los síntomas premonitorios pueden evitar la enfermedad antes
de que aparezca, o abortada en sus primeras fases si se realizan los
adecuados esfuerzos correctivos espirituales y mentales. Tampoco tiene
que desesperar nadie, por grave que sea su caso, ya que el hecho de
que el individuo siga físicamente vivo indica que el Alma que
rige su cuerpo no carece de esperanza.
CAPÍTULO
II
Para
entender la naturaleza de la enfermedad hay que conocer ciertas verdades
fundamentales.
La primera de ellas es que el hombre tiene un Alma que es su ser real;
un Ser Divino, Poderoso, Hijo del Creador de todas las cosas, del
cual el cuerpo, aunque templo terrenal de esa Alma, no es más
que un diminuto reflejo: que nuestra Alma, nuestro Ser Divino que
reside en y en torno a nosotros, nos da nuestras vidas como quiere
Él que se ordenen y, siempre que nosotros lo permitamos, nos
guía, protege y anima, vigilante y bondadoso, para llevamos
siempre a lo mejor; que Él, nuestro Ser Superior, al ser una
chispa del Todopoderoso, es, por tanto, invencible e inmortal.
El
segundo principio es que nosotros, tal y como nos conocemos en el
mundo, somos personalidades que estamos aquí para obtener todo
el conocimiento y la experiencia que pueda lograrse a lo largo de
la existencia terrena, para desarrollar las virtudes que nos falten
y para borrar de nosotros todo lo malo que haya, avanzando de ese
modo hacia el perfeccionamiento de nuestras naturalezas. El Alma sabe
qué entorno y qué circunstancias nos permitirán
logrado mejor, y, por tanto, nos sitúa en esa rama de la vida
más apropiada para nuestra meta.
En
tercer lugar, tenemos que darnos cuenta de que nuestro breve paso
por la Tierra, que conocemos como vida, no es más que un momento
en el curso de nuestra evolución, como un día en el
colegio lo es para toda una vida, y aunque por el momento sólo
entendamos y veamos ese único día, nuestra intuición
nos dice que nuestro nacimiento está infinitamente lejos de
ser nuestro principio y que nuestra muerte está infinitamente
lejos de ser nuestro final. Nuestras almas, que son nuestro auténtico
ser, son inmortales, y los cuerpos de que tenemos conciencia son temporales,
meramente como caballos que nos llevaran en un viaje o instrumentos
que utilizáramos para hacer un trabajo dado.
Sigue
entonces un cuarto principio, que mientras nuestra Alma y nuestra
personalidad estén en buena armonía, todo es paz y alegría,
felicidad y salud. Cuando nuestras personalidades se desvían
del camino trazado por el alma, o bien por nuestros deseos mundanos
o por la persuasión de otros, surge el conflicto. Ese conflicto
es la raíz, causa de enfermedad y de infelicidad. No importa
cuál sea nuestro trabajo en el mundo -limpiabotas o monarca,
terrateniente o campesino, rico o pobre, mientras hagamos ese trabajo
particular según los dictados del alma todo está bien;
y podemos además descansar seguros de que cualquiera que sea
la posición en que nos encontremos, arriba o abajo, contiene
esta posición las lecciones y experiencias necesarias para
ese momento de nuestra evolución, y nos proporciona las mayores
ventajas para el desarrollo de nuestro ser.
El
siguiente gran principio es la comprensión de la Unidad de
todas las cosas: el Creador de todas las cosas es Amor, y todo aquello
de lo que tenemos conciencia es en su infinito número de formas
una manifestación de ese Amor, ya sea un planeta o un guijarro,
una estrella o una gota de rocío, un hombre o la forma de vida
más inferior. Podemos damos una idea de esta concepción
pensando en nuestro Creador como en un sol de amor benéfico
y resplandeciente y de cuyo centro irradian infinitos rayos en todas
las direcciones, y que nosotros y todos aquellos de los que tenemos
conciencia son partículas que se encuentran al final de esos
rayos, enviadas para lograr experiencia y conocimiento, pero que,
en última instancia, han de retornar al gran centro. Y aunque
a nosotros cada rayo nos parezca aparte y distinto, forma en realidad
parte del gran Sol central. La separación es imposible, pues
en cuanto se corta un rayo de su fuente, deja de existir. Así
podemos entender un poco la imposibilidad de separación, pues
aunque cada rayo pueda tener su individualidad, forma parte, sin embargo,
del gran poder creativo central. Así, cualquier acción
contra nosotros mismos o contra otro afecta a la totalidad, pues al
causar una imperfección en una parte, ésta se refleja
en el todo, cuyas partículas habrán de alcanzar la perfección
en última instancia.
Así
pues, vemos que hay dos errores fundamentales posibles: la disociación
entre nuestra alma y nuestra personalidad, y la crueldad o el mal
frente a los demás, pues ése es un pecado contra la
Unidad. Cualquiera de estas dos cosas da lugar a un conflicto, que
desemboca en la enfermedad. Entender dónde estamos cometiendo
el error (cosa que con frecuencia no sabemos ver), y una auténtica
voluntad de corregir la falta, nos llevará no sólo a
una vida de paz y alegría, sino también a la salud.
La
enfermedad es en sí beneficiosa, y tiene por objeto el devolver
la personalidad a la Voluntad divina del Alma; y así vemos
que se puede prevenir y evitar, puesto que sólo con que pudiéramos
damos cuenta de los errores que cometemos y corregidos de forma espiritual
y mental, no habría necesidad de las severas lecciones del
sufrimiento. El Poder Divino nos brinda todas las oportunidades de
enmendar nuestros caminos antes de que, en último recurso,
se apliquen el dolor y el sufrimiento. Puede que no sean los errores
de esta vida, de este día de colegio, los que estamos combatiendo;
y aunque en nuestras mentes físicas no tengamos conciencia
de la razón de nuestro sufrimiento, que nos puede parecer cruel
y sin razón, sin embargo nuestras almas (que son nuestro ser)
conocen todo el propósito y nos guían hacia lo que más
nos conviene. No obstante, la comprensión y la corrección
de nuestros errores acortarán nuestra enfermedad y nos devolverán
la salud. El conocimiento del propósito de nuestra alma y la
aceptación de ese conocimiento significa el alivio de nuestra
angustia y sufrimiento terrenal, y nos deja libres para desarrollar
nuestra evolución en la alegría y en la felicidad.
Existen
dos grandes errores: el primero dejar de honrar y obedecer los dictados
de nuestra alma, y el segundo, actuar contra la Unidad. Respecto al
primero, hay que dejar de juzgar a los demás, pues lo que es
válido para uno no lo es para otro. El comerciante, cuyo trabajo
consiste en montar un gran negocio, no sólo para beneficio
suyo, sino de todos aquellos que trabajan para él, ganando
conocimiento de eficiencia y control, y desarrollando las virtudes
relacionadas con ambos, necesariamente tendrá que utilizar
cualidades y virtudes diferentes de las de una enfermera, que sacrifica
su vida cuidando enfermos; y, sin embargo, ambos, si obedecen los
dictados de sus almas, están aprendiendo adecuadamente las
cualidades necesarias a su evolución. Lo importante es obedecer
los dictados y órdenes de nuestra Alma, de nuestro Ser Superior,
que conocemos a través de la conciencia, del instinto y de
la intuición.
Así
pues, vemos que, por sus mismos principios y en su misma esencia,
la enfermedad se puede prevenir y curar, y es labor de médicos
y sanadores espirituales el dar, además de los remedios materiales,
el conocimiento del error de sus vidas a los que sufren, y decides
cómo pueden erradicarse esos errores para que así los
enfermos vuelvan a la salud y a la alegría.
CAPÍTULO
III
Lo
que conocemos como enfermedad es la etapa terminal de un desorden
mucho más profundo, y para asegurarse un éxito completo
en el tratamiento, es evidente que tratando sólo el resultado
final no se logrará una eficacia total, a no ser que se suprima
también la causa básica. Hay un error primario que puede
cometer el hombre, y es actuar contra la Unidad; esto se debe al egoísmo.
Por eso también podemos decir que no hay más que una
aflicción primaria -el malestar o la enfermedad-. Y así
como la acción contra la Unidad puede dividirse en varias clases,
también puede dividirse la enfermedad -el resultado de esas
accionesen varios grupos que corresponden a sus causas. La propia
naturaleza de una enfermedad es una guía muy útil para
poder descubrir el tipo de acción que se ha emprendido contra
la Ley Divina de Amor y Unidad.
Si
tenemos en nuestra naturaleza suficiente amor para todas las cosas,
no podemos hacer el mal; porque ese amor detendrá nuestra mano
ante cualquier acción, nuestra mente ante cualquier pensamiento
que pueda herir a los demás. Pero aún no hemos alcanzado
ese estado de perfección; si lo hubiéramos alcanzado,
no se requeriría nuestra existencia aquí. Pero todos
nosotros buscamos ese estado y avanzamos hacia él, y aquellos
de nosotros que sufren en la mente o en el cuerpo son guiados por
ese mismo sufrimiento hacia esa condición ideal; y con sólo
leer correctamente esta lección, aceleraremos nuestro paso
hacia esa meta, y también nos libraremos de la enfermedad y
de la angustia. En cuanto entendemos la lección y eliminamos
el error, ya no es necesaria la corrección, porque tenemos
que recordar que el sufrimiento es en sí beneficioso en tanto
que nos dice cuándo estamos tomando caminos equivocados y encarrila
nuestra evolución hacia su gloriosa perfección.
Las
primeras enfermedades reales del hombre son defectos como el orgullo,
la crueldad, el odio, el egoísmo, la ignorancia, la inestabilidad
y la codicia; y cada uno de estos defectos, tomado por separado, se
verá que es adverso a la Unidad. Defectos como éstos
son las auténticas enfermedades (utilizando la palabra en su
sentido moderno), y es la continuidad y persistencia de esos defectos,
después de que hayamos alcanzado esa etapa de desarrollo, en
la que nos damos cuenta de que son inadecuados, lo que precipita en
el cuerpo los resultados perjudiciales que conocemos como enfermedad.
El
orgullo se debe, en primer lugar, a la falta de reconocimiento de
la pequeñez de la personalidad y de su absoluta dependencia
del alma, y a no ver que los éxitos que pueda tener no se deben
a ella, sino que son bendiciones otorgadas por la Divinidad interna;
en segundo lugar, se debe a la pérdida del sentido de proporción,
de la insignificancia de uno frente al esquema de la Creación.
Como el Orgullo se niega invariablemente a inclinarse con humildad
y resignación ante la Voluntad del Gran Creador, comete acciones
contrarias a esa Voluntad.
La
crueldad es la negación de la unidad de todos y un no lograr
entender que cualquier acción contraria a otra se opone al
todo, y es por tanto una acción contra la Unidad. Ningún
hombre pondría en práctica sus efectos perniciosos contra
sus allegados o seres queridos, y por la ley de la Unidad tenemos
que desarrollarnos hasta entender que todos, por formar parte de un
todo, han de sernos queridos y cercanos, hasta que incluso quienes
no persigan evoquen sentimientos de amor y compasión.
El
odio es lo contrario del Amor, el reverso de la Ley de la Creación.
Es contrario a todo el esquema Divino y es una negación del
Creador; lleva sólo a acciones y pensamientos adversos a la
Unidad y opuestos a los dictados por el Amor.
El
egoísmo es nuevamente una negación de la Unidad y de
nuestro deber para con nuestros hermanos los hombres, al anteponer
nuestros intereses al bien de la humanidad y al cuidado y protección
de quienes nos rodean.
La
ignorancia es el fracaso del aprendizaje, negarse a ver la Verdad
cuando se nos ofrece la oportunidad, y lleva a muchos actos equivocados
como los que sólo pueden existir en las tinieblas y no son
posibles cuando nos rodea la luz de la Verdad y del Conocimiento.
La
inestabilidad, la indecisión y la debilidad aparecen cuando
la personalidad se niega a dejarse gobernar por el Ser Superior, y
nos llevan a traicionar a los demás por culpa de nuestra debilidad.
Tal condición no sería posible si tuviéramos
en nosotros el Conocimiento de la Divinidad Inconquistable e Invencible
que es en realidad nuestro ser.
La
codicia lleva al deseo de poder. Es una negación de la libertad
y de la individualidad de todas las almas. En lugar de reconocer que
cada uno de nosotros está aquí para desarrollarse libremente
en su propia línea según los dictados del alma solamente,
para mejorar su individualidad y para trabajar con libertad y sin
obstáculos, la personalidad codiciosa desea gobernar, moldear
y mandar, usurpando el poder del Creador.
Ésos
son ejemplos de enfermedad real, origen y base de todos nuestros sufrimientos
y angustias. Cada uno de esos defectos, persevera en ellos pese a
la voz de nuestro Ser Superior, producirá un conflicto que
necesariamente se habrá de reflejar en el cuerpo físico,
provocando un tipo específico de enfermedad.
Ahora
podemos ver cómo cualquier tipo de enfermedad que podamos sufrir
nos llevará a descubrir el defecto que yace bajo nuestra aflicción.
Por ejemplo, el orgullo, que es arrogancia y rigidez de la mente,
dará lugar a esas enfermedades que producen estados de rigidez
y envaramiento del cuerpo. El dolor es el resultado de la crueldad,
en tanto que el paciente aprende con su sufrimiento personal a no
infligirlo a los demás, desde un punto de vista físico
o mental. Las consecuencias del odio son la soledad, los enfados violentos
e incontrolables, los tormentos mentales y la histeria. Las afecciones
introspectivas -neurosis, neurastenia y condiciones semejantes-, que
privan a la vida de tanta alegría, están provocadas
por un excesivo egoísmo. La ignorancia y la falta de discernimiento
traen sus dificultades propias a la vida cotidiana, y, además,
si se da una persistencia en negarse a ver la verdad cuando se nos
brinda la oportunidad, la consecuencia es una miopía y mala
visión y audición defectuosa. La inestabilidad de la
mente debe llevar en el cuerpo a la misma condición, son todos
esos desórdenes que afectan al movimiento y a la coordinación.
El resultado de la codicia y del dominio de los demás son esas
enfermedades que harán de quien las padece un esclavo de su
propio cuerpo, con los deseos y las ambiciones frenados por la enfermedad.
Por
otra parte, la propia zona del cuerpo afectada no es casual, sino
que concuerda con la ley de causa y efecto, y, una vez más
será una guía para ayudamos. Por ejemplo, el corazón,
la fuente de vida y por tanto de amor, se ve atacado especialmente
cuando el lado amable de la naturaleza frente a la humanidad no se
ha desarrollado o se ha utilizado equivocadamente; una mano afectada
denota fracaso o error en la acción; al ser el cerebro el centro
de control, si se ve afectado, eso indica falta de control en la personalidad,
y así podemos seguir analizando las distintas manifestaciones
de la ley de causa y efecto: Todos estamos dispuestos a admitir los
muchos resultados que siguen a una explosión de ira, al golpe
recibido con una mala noticia; si cosas triviales pueden afectar de
ese modo al cuerpo, cuánto más grave y profundamente
arraigado será un conflicto prolongado entre el alma y el cuerpo.
¿Cómo asombramos de que el resultado dé lugar
a padecimientos tan graves como las enfermedades que hoy nos afligen?
Sin
embargo, no hay por qué desesperar. La prevención y
curación de la enfermedad se logrará descubriendo lo
que falla en nosotros y erradicando ese defecto con el recto desarrollo
de la virtud que la ha de destruir; no combatiendo el mal, sino aportando
tal cantidad de' la virtud opuesta que quedará barrido de nuestras
naturalezas.
CAPÍTULO
IV
Así
pues, vemos que en la enfermedad no hay nada de tipo accidental, ni
en su tipo ni en la parte de cuerpo a que afecte; como todos los demás
resultados de la energía, obedece a la ley de causa y efecto.
Algunas enfermedades pueden ser causadas por medios físicos
directos, como los asociados con ciertos venenos, accidentes y heridas,
y grandes excesos; pero la enfermedad, en general, se debe a algún
error básico en nuestra constitución, como en los ejemplos
que dábamos antes.
Y
así, para lograr una curación completa, no sólo
habrá que utilizar medios físicos, eligiendo siempre
los mejores métodos que se conozcan en el arte de la curación,
sino que tendremos que actuar nosotros mismos dedicando toda nuestra
capacidad para suprimir cualquier defecto en nuestra natura1ezar porque
la curación final y definitiva viene en última instancia
de dentro, del Alma en sí, que con Su benevolencia irradia
armonía a través de la personalidad en cuanto se le
deja hacerlo.
Dado
que hay una raíz principal en toda enfermedad, a saber el egoísmo,
así también hay un método seguro y principa1
para aliviar cualquier padecimiento: la conversión del egoísmo
en dedicación a los demás. Con sólo que desarrollemos
suficientemente la cualidad de olvidamos de nosotros mismos en el
amor y cuidado de quienes nos rodean, disfrutando de la gloriosa aventura
de adquirir conocimiento y ayudar a los demás, nuestros males
y dolencias personales terminarán rápidamente. Ésa
es la gran meta final: la pérdida de nuestros propios intereses
en el servicio de la humanidad. No importa en qué situación
de la vida nos haya colocado la Divinidad. Ya tengamos un negocio
o una profesión, seamos ricos o pobres, monarcas o mendigos,
a todos nos es posible llevar a cabo la tarea en nuestras respectivas
vocaciones y llegar a ser auténticas bendiciones para quienes
nos rodean, comunicándoles el Divino Amor Fraterno.
Pero
la inmensa mayoría de nosotros tenemos mucho camino que recorrer
antes de alcanzar ese estado de perfección, aunque sorprende
lo rápidamente que puede avanzar un individuo por ese camino
si se esfuerza seriamente y si no se confía simplemente en
su pobre personalidad, sino que tiene fe implícita; con el
ejemplo y las enseñanzas de los grandes maestros del mundo,
es capaz de unirse con su propia Alma, con la Divinidad que lleva
dentro, y todas las cosas son posibles. En casi todos nosotros hay
uno o más defectos adversos que obstaculizan nuestro avance,
y es ese defecto, o defectos, lo que tenemos que afanarnos por descubrir
en nosotros, y mientras tratamos de desarrollar y extender el lado
amoroso de nuestra naturaleza hacia el mundo, debemos esforzamos al
mismo tiempo para borrar ese defecto particular llenando nuestra naturaleza
con la virtud opuesta. Al principio tal vez nos resulte difícil,
pero sólo al principio, porque es sorprendente lo rápidamente
que crece una virtud auténticamente buscada, unido al conocimiento
de que con la ayuda de la Divinidad que llevamos dentro, a poco que
perseveremos, el fracaso es imposible.
En
el desarrollo del Amor Universal dentro de nosotros mismos tenemos
que aprender a damos cuenta cada vez más de que todo ser humano
es hijo del Creador, aunque en grado inferior, y de que un día,
en su momento, alcanzará la perfección como todos esperamos.
Por insignificante que parezca un hombre o una criatura, debemos recordar
que dentro lleva la Chispa Divina, que irá creciendo lenta
pero segura hasta que la gloria del Creador irradie de ese ser.
Por
otra parte, la cuestión de verdad o error, de bien y mal, es
puramente relativa. Lo que está bien en la evolución
natural del aborigen, estaría mal en lo más avanzado
de nuestra civilización, y lo que para nosotros puede incluso
ser una virtud, puede estar fuera de lugar, y por tanto ser malo,
en quien ha alcanzado el grado de discípulo. Lo que nosotros
llamamos error o mal es en realidad un bien fuera de lugar, y por
tanto es algo puramente relativo. Recordemos asimismo que también
es relativo nuestro nivel de idealismo; a los animales podemos parecerles
auténticos dioses, mientras que nosotros nos encontramos muy
por debajo de la gran Hermandad de Santos y Mártires que se
entregaron para servimos de ejemplo. Por ello hemos de tener compasión
y caridad con los más humildes, porque si bien nos podemos
considerar muy por encima de su nivel, somos en nosotros mismos insignificantes
y nos queda aún un largo trecho que recorrer para alcanzar
el nivel de nuestros hermanos mayores, cuya luz brilla por el mundo
a través de los tiempos.
Si
nos asalta el orgullo, tratemos de damos cuenta de que nuestras personalidades
no son nada en sí mismas, incapaces de hacer nada bueno o de
hacer un favor aceptable o de oponer resistencia a los poderes de
las tinieblas, si no nos asiste esa Luz que nos viene de arriba, la
Luz de nuestra Alma; esforcémonos por vislumbrar la omnipotencia
y el inconcebible poder de nuestro Creador, que hace un mundo perfecto
en una gota de agua y en sistemas y sistemas de universos, y tratemos
de darnos cuenta de la relativa humildad nuestra y de nuestra total
dependencia de Él. Aprendamos a rendir homenaje y a respetar
a nuestros superiores humanos. ¡ Cuán infinitamente más
deberíamos reconocer nuestra fragilidad con la más completa
humildad ante el Gran Arquitecto del Universo !
Si
la crueldad o el odio nos cierran la puerta al progreso, recordemos
que el Amor es la base de la Creación, que en toda alma viviente
hay algo bueno, y que en los mejores de nosotros algo malo. Buscando
lo bueno de los demás, incluso de quienes primero nos ofendieron,
aprenderemos a desarrollar, aunque sólo sea cierta compasión,
y la esperanza de que sepan ver mejores caminos; luego veremos que
nace en nosotros el deseo de ayudarles a mejorar. La conquista final
de todos se hará a través del amor y el cariño,
y cuando hayamos desarrollado lo suficiente esas dos cualidades, nada
podrá asaltamos, pues siempre estaremos llenos de compasión
y no ofreceremos resistencia, pues, reiteramos, por la propia ley
de la causa y efecto, es la resistencia la que perjudica. Nuestro
cometido en la vida es seguir los dictados de nuestro Ser Superior,
sin dejamos desviar por la influencia de otros, y esto sólo
puede conseguirse siguiendo suavemente nuestro propio camino, y al
mismo tiempo sin interferir con la personalidad de otro o sin causar
el menor perjuicio por cualquier método de odio o crueldad.
Debemos esforzamos denodadamente por aprender a amar a los demás,
empezando quizá con un individuo o incluso un animal, y dejando
que se desarrolle y se extienda ese amor cada vez más, hasta
que sus defectos opuestos desaparezcan automáticamente. El
amor engendra amor, igual que el odio engendra odio.
La
cura del egoísmo se efectúa dirigiendo hacia los demás
el cuidado y la atención que dedicamos a nosotros mismos, llenándonos
tanto de su bienestar que nos olvidemos de nosotros mismos en nuestro
empeño. Como lo expresa una gran orden de Hermandad: "Buscar
el solaz de nuestra aflicción llevando el alivio y el consuelo
a nuestros semejantes en la hora de su aflicción”, y
no hay forma más segura de curar el egoísmo y los subsiguientes
desórdenes que ese método.
La
inestabilidad se puede erradicar con el desarrollo de la autodeterminación,
tomando decisiones y actuando con firmeza en lugar de dudar y vacilar.
Aunque al principio cometamos errores, siempre es mejor actuar que
dejar pasar oportunidades por falta de decisión. La determinación
no tardará en desarrollarse; desaparecerá el miedo a
vivir la vida plenamente, y las experiencias guiarán nuestra
mente hacia un mejor juicio.
Para
acabar con la ignorancia, no hay que temer a la experiencia, por el
contrario, mantener la mente bien despierta y los ojos y oídos
bien abiertos para captar cualquier partícula de conocimiento
que pueda obtenerse. Al mismo tiempo, debemos mantenemos flexibles
-de pensamiento, para que las ideas preconcebidas y los prejuicios
no nos priven de la oportunidad de obtener un conocimiento más
amplio y más fresco. Debemos estar siempre dispuestos a abrir
la mente y a rechazar cualquier idea, por firmemente arraigada que
esté, si la experiencia nos muestra una verdad más sólida.
Al
igual que el orgullo, la codicia es un gran obstáculo al progreso,
y hay que suprimir ambos defectos sin contemplaciones. Los resultados
de la codicia son bastante graves, pues nos llevan a interferir con
el desarrollo espiritual de nuestros semejantes. Debemos damos cuenta
de que todos los seres están aquí para desarrollar su
evolución según los dictados de su alma, y sólo
de su alma, y de que ninguno de nosotros tiene que hacer nada que
no sea animar a su hermano en ese desarrollo. Debemos ayudarle a esperar
y, si está en nuestra mano, aumentar su conocimiento y sus
oportunidades en este mundo para lograr progresar. Así como
nos gustaría que los demás nos ayudasen a ascender por
el empinado y arduo camino de montaña que es la vida, así
debemos estar siempre dispuestos a tender una mano y a brindar la
experiencia de nuestro mayor conocimiento a un hermano menor o más
débil. Así deberá ser la actitud del padre para
con su hijo, del maestro para con el hombre, o del compañero
para con sus semejantes, dando cuidados, amor y protección
en la medida en que se necesiten y sean beneficiosos, sin interferir
ni por un momento con la evolución natural de la personalidad
que debe dictarle el alma.
Muchos
de nosotros en la infancia y primera juventud nos encontramos mucho
más cerca de nuestra alma de lo que lo estamos después
con el paso de los años, y tenemos entonces ideas más
claras de nuestra labor en la vida, de los esfuerzos que se espera
que hagamos y del carácter que hemos de desarrollar. La razón
de ello es que el materialismo y las circunstancias de nuestra época,
y las personalidades con las que nos juntamos, nos alejan de la voz
de nuestro Ser Superior y nos atan firmemente al lugar común
con su falta de ideales, lo cual es evidente en esta civilización.
Que el padre, el educador y el compañero se afanen siempre
por animar el desarrollo del Ser Superior dentro de aquellos sobre
los que tienen el maravilloso privilegio y oportunidad de ejercer
su influencia, pero que siempre dejen en libertad a los demás,
igual que esperan que a ellos les dejen en libertad.
Así,
de forma semejante, busquemos los defectos de nuestra constitución
y borrémoslos desarrollando la virtud opuesta, suprimiendo
así de nuestra naturaleza la causa del conflicto entre el alma
y la personalidad, que es la primera causa básica de enfermedad.
Esa sola acción, si el paciente tiene fe y fortaleza, dará
lugar a un alivio, proporcionando salud y alegría; y en aquellos
que no tengan tanta fortaleza, el médico ayudará materialmente
a la curación para obtener prácticamente el mismo resultado.
Tenemos
que aprender sin engañamos a desarrollar la individualidad
según los dictados de nuestra alma, a no temer a ningún
hombre y a ver que nadie interfiere o nos disuade de desarrollar nuestra
evolución, de cumplir con nuestra obligación y de devolver
la ayuda a nuestros semejantes, recordando que cuanto más avanzamos,
más constituimos una bendición para quienes nos rodean.
Tenemos que guardamos especialmente de errar al ayudar a los demás,
quienesquiera que sean, y estar seguros de que el deseo de ayudarles
procede de los dictados de nuestro Ser Íntimo, y no es un falso
sentido del deber impuesto por sugestión o por persuasión
de una personalidad más dominante. Una de las tragedias que
nos afligen hoy día obedece a este tipo, y resulta imposible
calcular los miles de vidas desperdiciadas, los millones de oportunidades
que se han perdido, la pena y el sufrimiento que se han causado, el
enorme número de niños que, por sentido del deber, se
han pasado años cuidando de un inválido cuando la única
enfermedad que aquejaba al familiar era un desequilibrado deseo de
acaparar la atención. Pensemos en los ejércitos de hombres
y mujeres a los que se ha impedido quizá hacer una gran obra
en pro de la humanidad porque su personalidad quedó dominada
por un individuo del que no tuvieron valor de liberarse; los niños
que desde edad muy temprana sienten la llamada de una vocación,
y sin embargo, por dificultades de las circunstancias, disuasión
por parte de otros y debilidad de propósito, se adentran en
otra rama de la vida, en la que ni se sienten felices ni capaces de
desarrollar su evolución como de otro modo podían haber
hecho. Son sólo los dictados de nuestra conciencia los que
pueden decimos dónde está nuestro deber, con quién
o con quiénes, y a quién o a quiénes hemos de
servir; pero, en cualquier caso, hemos de obedecer sus mandatos hasta
el máximo de nuestras capacidades.
Por
último, no tengamos miedo a metemos de lleno en la vida; estamos
aquí para adquirir experiencia y conocimiento, y poco aprenderemos
si no nos enfrentamos a las realidades y ponemos todo nuestro empeño.
Esta experiencia puede adquirirse en la vuelta de cada esquina, y
las verdades de la naturaleza y de la humanidad se pueden alcanzar
con la misma validez, o incluso más, en un caserío que
entre el ruido y las prisas de una ciudad.
CAPÍTULO
V
Dado
que la falta de individualidad (es decir, permitir la interferencia
ajena sobre nuestra personalidad, interferencia que impide cumplir
los mandatos del Ser Supremo) es de tanta importancia en la producción
de la enfermedad, y dado que suele iniciarse muy pronto en la vida,
pasemos a considerar la auténtica relación entre padres
e hijos, maestros y discípulos.
Fundamentalmente,
el oficio de la paternidad es el medio privilegiado (y, desde luego,
el privilegio habría de considerarse divino) para capacitar
a un alma a entrar en contacto con el mundo para el bien de la evolución.
Si se entiende de forma apropiada, es probable que no se le ofrezca
a la humanidad una oportunidad más grande que ésta para
ser agente del nacimiento físico de un alma y tener el cuidado
de la joven personalidad durante los primeros años de su existencia
en la Tierra. La actitud de los padres debería consistir en
dar al recién llegado todos los consejos espirituales, mentales
y físicos de que sean capaces, recordando siempre que el pequeño
es un alma individual que ha venido a este mundo a adquirir su propia
experiencia y conocimientos a su manera, según los dictados
de su Ser Superior, y que hay que darle cuanta libertad sea posible
para que se desarrolle sin trabas.
La
profesión de la paternidad es un servicio divino, y debería
respetarse tanto, si no más, que cualquier otra tarea que tengamos
que desempeñar. Como es una labor de sacrificio, hay que tener
siempre presente que no hay que pedirle nada a cambio al niño,
pues consiste sólo en dar, y sólo dar, cariño,
protección y guía hasta que el alma se haga cargo de
la joven personalidad. Hay que enseñar desde el principio independencia,
individualidad y libertad, y hay que animar al niño lo antes
posible a que piense y obre por sí mismo. Todo control paterno
debe quedar poco a poco reducido conforme se vaya desarrollando la
capacidad de valerse por sí mismo, y, más adelante,
ninguna imposición o falsa idea de deber filial debe obstaculizar
los dictados del alma del niño.
La
paternidad es un oficio de la vida que pasa de unos a otros, y es,
en esencia, un consejo temporal y una protección de duración
breve que, transcurrido un tiempo, debería cesar en sus esfuerzos
y dejar al objeto de su atención libre para avanzar solo. Recordemos
que el niño, de quien podemos tener la guardia temporal, quizá
sea un alma mucho más grande y anterior que la nuestra, y quizá
sea espiritualmente superior a nosotros, por lo que el control y la
protección deberían limitarse a las necesidades de la
joven personalidad.
La
paternidad es un deber sagrado, temporal en su carácter, y
que pasa de generación en generación. No conlleva más
que servicio y no hay obligación a cambio por parte del joven,
puesto que a éste hay que dejado libre para desarrollarse a
su aire y para prepararse para cumplir con esa misma tarea pocos años
después. Así, el niño no tendrá restricciones,
ni obligaciones, ni trabas paternas, sabiendo que la paternidad se
le había otorgado primero a sus padres y que él tendrá
que cumplir ese mismo cometido con otro.
Los
padres deberían guardarse particularmente de cualquier deseo
de moldear a la joven personalidad según sus propios deseos
e ideas, y deberían refrenarse y evitar cualquier control indebido
o cualquier reclamación de favores a cambio de su deber natural
y privilegio divino de ser el medio de ayuda a un alma para que ésta
se ponga en contacto con el mundo. Cualquier deseo de control, o deseo
de conformar la joven vida por motivos personales, es una forma terrible
de codicia y no deberá consentirse nunca, porque si se arraiga
en el joven padre o madre, con los años éstos se convertirán
en auténticos vampiros de sus hijos. Si hay el menor deseo
de dominio, habrá que comprobado desde el principio. Debemos
negarnos a ser esclavos de la codicia que nos impulsa a dominar a
los demás. Debemos estimular en nosotros el arte de dar, y
desarrollado hasta que con su sacrificio lave cualquier huella de
acción adversa.
El
maestro deberá siempre tener presente que su oficio consiste
únicamente en ser agente que dé al joven guía
y oportunidad de aprender las cosas del mundo y de la vida, de forma
que todo niño pueda absorber conocimiento a su manera, y, si
se le da libertad, puede elegir instintivamente lo que sea necesario
para el éxito de su vida. Una vez más, por tanto, no
debe darse nada más que un cariñoso cuidado y guía
para permitir al estudiante adquirir el conocimiento que requiere.
Los
niños deberían recordar que el oficio de padre, como
emblema de poder creativo, es divino en su misión, pero que
no implica restricción en el desarrollo ni obligaciones que
puedan obstaculizar la vida y el trabajo que les dicta su alma. Es
imposible estimar en la actual civilización el sufrimiento
callado, la restricción de las naturalezas y el desarrollo
de caracteres dominantes que produce el desconocimiento de este hecho.
En casi todas las familias, padres e hijos se construyen cárceles
por motivos completamente falsos y por una equivocada relación
entre padre e hijo. Estas prisiones ponen barras a la libertad, obstaculizan
la vida, impiden el desarrollo natural, traen infelicidad a todos
los implicados y provocan esos desórdenes mentales, nerviosos
e incluso físicos que afligen a la gente, produciendo una gran
mayoría de las enfermedades de nuestros días.
No
se insistirá nunca lo suficiente sobre el hecho de que todas
las almas encarnadas en este mundo están aquí con el
específico propósito de adquirir experiencia y comprensión,
y de perfeccionar su personalidad para acercarse a sus propios ideales.
No importa cuál sea nuestra relación con los demás,
marido y mujer, padre e hijo, hermano y hermana, maestro y hombre,
pecamos contra nuestro Creador y contra nuestros semejantes si obstaculizamos
por motivos de deseo personal la evolución de otra alma. Nuestro
único deber es obedecer los dictados de nuestra propia conciencia,
y ésta en ningún momento debe sufrir el dominio de otra
personalidad. Que cada uno recuerde que su alma ha dispuesto para
él un trabajo particular, y que, a menos que realice ese trabajo,
aunque no sea conscientemente, dará lugar inevitablemente a
un conflicto entre su alma y su personalidad, conflicto que necesariamente
provocará desórdenes físicos.
Cierto
es que una persona puede tener vocación de dedicar su vida
a otra, pero, antes de que lo haga, que se asegure bien de que eso
es lo que le manda su alma, y de que no se lo ha sugerido otra personalidad
dominante que lo haya persuadido, y de que ninguna falsa idea del
deber lo engaña. Que recuerde también que venimos a
este mundo para ganar batallas, para adquirir fuerza contra quienes
quieren controlarnos, y para avanzar hasta ese estado en el que pasamos
por la vida cumpliendo con nuestro deber sosegada y serenamente, indeterminados
e influenciados por cualquier ser vivo, serenamente guiados en todo
momento por la voz de nuestro Ser Superior. Para muchos, la principal
batalla que habrán de librar será en su casa, donde,
antes de lograr la libertad para ganar victorias por el mundo, tendrán
que liberarse del dominio adverso y del control de algún pariente
muy cercano.
Cualquier
individuo, adulto o niño, que tenga que liberarse en esta vida
del control dominante de otra persona, deberá recordar lo siguiente:
en primer lugar, que a su pretendido opresor hay que considerado de
la misma manera que se considera a un oponente en una competición
deportiva, como a una personalidad con la que estamos jugando al juego
de la vida, sin el menor asomo de amargura, y hay que pensar que,
de no ser por esa clase de oponentes, no tendríamos oportunidad
de desarrollar nuestro propio valor e individualidad; en segundo lugar,
que las auténticas victorias de la vida vienen del amor y del
cariño, y que en semejante contexto no hay que usar ninguna
fuerza, cualquiera que sea: que desarrollando de forma segura nuestra
propia naturaleza, sintiendo compasión, cariño y, a
ser posible, afecto - o mejor, amor - hacia el oponente, con el tiempo
podremos seguir tranquila y seguramente la llamada de la conciencia
sin la menor interferencia.
Aquellos
que son dominantes requieren mucha ayuda y consejos para poder realizar
la gran verdad universal de la Unidad y para entender la alegría
de la Hermandad. Perderse estas. cosas es perderse la auténtica
felicidad de la Vida, y tenemos que ayudar a esas personas en la medida
de nuestras fuerzas. La debilidad por nuestra parte, que les permite
a ellos extender su influencia, no les ayudará en absoluto;
una suave negativa a estar bajo su control y un esfuerzo por que entiendan
la alegría de dar, les ayudará a subir el empinado camino.
La
conquista de nuestra libertad, de nuestra individualidad e independencia,
requerirá en muchos casos una gran dosis de valor y de fe.
Pero en las horas más negras, y cuando el éxito parece
totalmente inaccesible, recordemos siempre que los hijos de Dios no
tienen que tener nunca miedo, que nuestras almas sólo nos procuran
tareas que somos capaces de llevar a cabo, y que con nuestro propio
valor y nuestra fe en la Divinidad que hay dentro de nosotros, la
victoria llegará para todos aquellos que perseveran en su esfuerzo.
CAPÍTULO
VI
Y
ahora, mis queridos hermanos, cuando nos damos cuenta de que el Amor
y la Unidad son las grandes bases de nuestra Creación, de que
somos hijos del Amor Divino, y de que la eterna conquista del mal
y del sufrimiento se logrará ,gracias al cariño y al
amor, cuando nos damos cuenta ,de todo esto, ¿dónde
(caben en este cuadro tan hermoso prácticas como la vivisección
y la implantación de glándulas en los animales? ¿Seguimos
siendo tan primitivos, tan paganos, 'que continuamos pensando que
con el sacrificio de animales nos libraremos de los resultados de
nuestras propias culpas y errores? Hace cerca de 2.500 años,
el Señor Buda demostró al mundo lo equivocado del sacrificio
de criaturas inferiores. La humanidad ha contraído ya una deuda
muy grande con los animales a los que ha torturado y destruido, y
lejos de beneficiarse el hombre con tan inhumanas prácticas,
sólo se perjudica al reino tanto animal como humano. Qué
lejos hemos llegado, nosotros occidentales, de los hermosos ideales
de la vieja Madre India, cuando el amor por las criaturas de la tierra
era tan grande que se enseñaba y se entrenaba al hombre a curar
las enfermedades y heridas no sólo de los animales mayores,
sino de las aves. Además, había grandes santuarios para
todo tipo de vida, y tan reacia era la gente a hacer daño a
una criatura inferior, que se negaban a atender a un cazador enfermo
si no juraba abandonar la práctica de la caza.
No
hablemos en contra de los hombres que practican la vivisección,
ya que muchos de ellos trabajan animados por principios auténticamente
humanitarios, esperando y esforzándose por encontrar alivio
a los sufrimientos humanos; sus motivos son bastante buenos, pero
su sabiduría no lo es, pues no entienden bien la razón
de la vida. Sólo el motivo, por bueno que sea, no basta; debe
ir acompañado de sabiduría y comprensión.
Del
horror de la magia negra, asociada con el injerto de glándulas,
no queremos ni escribir, sólo implorar a todo ser humano que
lo evite como a algo diez mil veces peor que cualquier plaga, pues
es un 'pecado contra Dios, contra los hombres y los animales.
No
hay objeto en ocuparse de los fracasos de la moderna ciencia médica,
a excepción de un par de cosas; la destrucción es inútil
si no se reedifica un edificio mejor, y como en medicina ya se han
establecido las bases de un edificio más nuevo, ocupémonos
de añadir una o dos piedras a ese templo. Tampoco sirve hoy
una crítica adversa de la profesión; es el sistema el
que está fundamentalmente equivocado; porque es un sistema
en el que el médico, por razones únicamente económicas,
no tiene tiempo para administrar un tratamiento tranquilo y sosegado,
ni oportunidad para meditar y pensar convenientemente cosas que deberían
ser la herencia de quienes dedican sus vidas a atender a los enfermos.
Como dijo Paracelso, el médico sabio atiende a cinco, y no
a quince pacientes, en un día..., ideal inaccesible para el
médico corriente en nuestra época.
Amanece
sobre nosotros un nuevo y mejor arte de curación. Hace cinco
años, la homeopatía de Hahnemann era el primer resplandor
matutino tras una larga noche de tinieblas, y puede que desempeñe
un gran papel en la medicina del futuro. Lo que es más, la
atención que se dedica actualmente a mejorar la calidad de
vida y a establecer una dieta más sana y más pura es
un avance en pro de la prevención de la enfermedad; y aquellos
movimientos que pretenden dar a conocer a la gente tanto la conexión
entre los fracasos espirituales y la enfermedad como la curación
que puede lograrse perfeccionando la mente, están abriendo
camino hacia ese día radiante en que desaparecerá la
negra sombra de la enfermedad.
Recordemos
que la enfermedad es un enemigo común, y que cada uno de nosotros
que conquiste un fragmento de ella está ayudándose a
sí mismo y también a toda la humanidad. Habrá
que gastar una considerable, pero definitiva, cantidad de energía
antes de que la victoria sea completa; todos y cada uno de nosotros
debemos esforzamos por lograr ese resultado, y los más grandes
y más fuertes tendrán no sólo que cumplir su
parte del trabajo, sino ayudar a sus hermanos más débiles.
Obviamente,
la primera forma de evitar que se extienda y aumente la enfermedad
es que dejemos de cometer esas acciones que le dan más poder;
la segunda, suprimir de nuestra naturaleza nuestros propios defectos,
que darían pie a posteriores invasiones. El conseguir esto
significaría, desde luego, la victoria; así pues, una
vez liberados, estamos en condiciones de ayudar a otros. Y no es tan
difícil como pudiera parecer a primera vista; se espera que
hagamos lo posible, y sabemos que podemos hacerlo siempre que obedezcamos
los dictados de nuestra alma. La vida no nos exige sacrificios impensables;
nos pide que hagamos su recorrido con alegría en el corazón,
y que seamos una bendición para quienes nos rodean, de forma
que si dejamos al mundo solo una pizca mejor de lo que era antes de
nuestra visita, hayamos cumplido nuestra misión.
Las
enseñanzas de las religiones, si se interpretan debidamente,
nos indican «Abandonad todo y seguidme», y eso significa
que nos entreguemos totalmente a las exigencias de nuestro Ser Superior,
pero no, como algunos imaginan, abandonar casa y comodidades, amor
y lujos; la verdad está muy lejos de eso. Un príncipe
puede ser, con todas las glorias del palacio, un enviado de Dios y
una auténtica bendición para su pueblo, para su país
-y aun para el mundo-; cuánto se habría perdido si ese
príncipe hubiera imaginado que su deber era meterse en un monasterio.
Las tareas de la vida en todas sus ramas, desde la más baja
hasta la más exaltada, hay que cumplidas, y el Divino Guía
de nuestros destinos sabe en qué lugar colocamos para nuestro
bien; todo cuanto se espera que hagamos es cumplir con ese cometido,
bien y con alegría. Hay santos en la cadena de la fábrica
y en la bodega de un barco, igual que los hay entre los dignatarios
de las órdenes religiosas. A nadie en esta Tierra se le pide
que haga más de lo que está en su poder hacer, y si
nos esforzamos por sacar lo mejor de nosotros mismos, guiados siempre
por nuestro Ser Superior, se nos ofrecerá la posibilidad de
la salud y la felicidad.
Durante
la mayor parte de los dos últimos milenios, la civilización
occidental ha pasado por una era de intenso materialismo, y se ha
perdido prácticamente la conciencia del lado espiritual de
nuestra naturaleza y de nuestra existencia, en una actitud mental
que ha situado a las posesiones mundanas, a las ambiciones, deseos
y placeres por encima de los valores reales de la vida. La verdadera
razón de la existencia del hombre en la Tierra ha quedado empeñada
y oculta por su ansiedad de obtener de su encarnación sólo
bienes terrenos. Hubo una época en la que la vida resultó
muy difícil debido a la falta del auténtico consuelo,
aliciente y estímulo que supone el conocimiento de cosas más
importantes que las de este mundo. Durante los últimos siglos,
las religiones les han parecido a muchas personas más bien
unas leyendas que nada tenían que ver con sus vidas, en lugar
de ser la esencia de su existencia. La verdadera naturaleza de nuestro
Ser Superior, el conocimiento de una vida previa y otra posterior,
aparte de la actual, ha significado muy poco, en lugar de ser guía
y estímulo de todas nuestras acciones. Hemos tendido a apartar
las grandes cosas y a hacer la vida lo más cómoda posible,
retirando lo suprafísico de nuestras mentes y asiéndonos
a los placeres terrenos para compensar nuestros padecimientos. Así,
la posición, el rango, la riqueza y las posesiones materiales
se han convertido en la meta de estos siglos; y como todas esas cosas
son fugaces y sólo pueden obtenerse y conservarse a base de
ansiedad y concentración sobre las cosas materiales, la paz
interna y la felicidad de las generaciones pasadas han quedado infinitamente
por debajo de lo que corresponde a la humanidad.
La
verdadera paz de espíritu y del alma está con nosotros
cuando progresamos espiritualmente, y eso no puede obtenerse con la
acumulación de riquezas solamente, por grandes que éstas
sean. Pero los tiempos están cambiando y hay muchas indicaciones
de que esta civilización ha empezado a pasar de la era del
puro materialismo al deseo de las realidades y verdades del universo.
El interés general y en rápido aumento que hoy se demuestra
por el conocimiento de las verdades suprafísicas, el creciente
número de quienes desean información sobre la existencia
antes y después de esta vida, el hallazgo de métodos
para vencer la enfermedad con medios espirituales y de fe, la afición
por las antiguas enseñanzas y sabiduría de Oriente...,
todo ello son síntomas de que la gente de hoy ha empezado a
vislumbrar la realidad de las cosas.Así, cuando se llega al
problema de la curación, se comprende que también éste
tenga que ponerse a la altura de los tiempos y cambiar sus métodos,
apartándose del materialismo grosero y tendiendo hacia una
ciencia basada sobre las realidades de la Verdad, y regida por las
mismas leyes divinas que rigen nuestras naturalezas. La curación
pasará del ámbito de los métodos físicos
de tratamiento del cuerpo físico a la curación mental
y espiritual, que, al restablecer la armonía entre la mente
y el alma, erradique la auténtica causa de la enfermedad y
permita después la utilización de los medios físicos
para completar la curación del cuerpo.
Parece
totalmente posible que el arte de la curación pase de manos
de los médicos -a no ser que éstos se den cuenta de
estos hechos y avancen con el crecimiento espiritual del pueblo -,
a manos de las órdenes religiosas o de los sanadores natos
que existen en toda generación, pero que hasta ahora han vivido
más o menos ignorados, impidiéndoseles seguir la llamada
de su naturaleza ante la actitud de los ortodoxos. Así pues,
el médico del futuro tendrá dos finalidades principales
que perseguir. La primera será ayudar al paciente a alcanzar
un conocimiento de sí mismo y a destacar en sí los errores
fundamentales que esté cometiendo, las deficiencias de su carácter
que tenga que corregir y los defectos de su naturaleza que tenga que
erradicar y sustituir por las virtudes correspondientes. Semejante
médico tendrá que haber estudiado profundamente las
leyes que rigen a la humanidad y a la propia naturaleza humana, con
vistas a poder reconocer en todos los que a él acuden los elementos
que causan el conflicto entre el alma y la personalidad. Tiene que
poder aconsejar al paciente cómo restablecer la armonía
requerida, qué acciones contra la Unidad tiene que suspender,
qué virtudes tiene que desarrollar necesariamente para borrar
sus defectos. Cada caso requerirá un cuidadoso estudio, y sólo
quienes hayan dedicado gran parte de su vida al conocimiento de la
humanidad, y en cuyos corazones arda el deseo de ayudar, podrán
emprender con éxito esta gloriosa y divina labor en pro de
la humanidad, abrir los ojos al que padece e iluminarle sobre la razón
de su existencia, inspirarle esperanza, consuelo y fe que le permitan
dominar su enfermedad.
El
segundo deber del médico será administrar los remedios
que auxilien al cuerpo físico a recobrar fuerza y ayuden a
la mente a serenarse, a ensanchar su campo y a buscar la perfección,
trayendo paz y armonía a toda la personalidad. Semejantes remedios
se encuentran en la naturaleza, colocados allí por gracia del
Divino Creador para cura y consuelo de la humanidad. Se conocen unos
cuantos y otros muchos se buscan actualmente por parte de los médicos
en diferentes partes del globo, especialmente en nuestra Madre la
India, y no cabe duda que cuando estas investigaciones se desarrollen
más, recuperaremos gran parte de los conocimientos que se tenían
hace dos mil años, y el sanador del futuro tendrá a
su disposición los maravilloso remedios naturales que se nos
dieron para que el hombre aliviara su enfermedad.
Así
pues, la abolición de la enfermedad dependerá de que
la humanidad descubra la verdad de las leyes inalterables de nuestro
Universo y de que se adapte con humildad y obediencia a esas leyes,
trayendo la paz entre su alma y su ser, y recobrando la verdadera
alegría y felicidad de la vida. Y la parte correspondiente
al médico consistirá en ayudar a los que sufren a conocer
esa verdad, en indicarle los medios mediante los que podrá
conseguir la armonía, inspirarle con la fe en su divinidad
que todo lo vence, y administrar remedios físicos tales que
le ayuden a armonizar su personalidad y a curar su cuerpo.
CAPÍTULO
VII
Y
ahora llegamos al problema crucial: ¿Cómo podemos ayudamos
a nosotros mismos? Cómo mantener a nuestra mente y a nuestro
cuerpo en ese estado de armonía que dificulte o imposibilite
el ataque de la enfermedad, pues es seguro que la personalidad sin
conflicto es inmune a la enfermedad.
En
primer lugar, consideremos la mente. Ya hemos discutido extensamente
la necesidad de buscar en nosotros mismos los defectos que poseemos
y que nos hacen actuar contra la Unidad y sin armonía con los
dictados del alma, y de eliminar ,esos defectos desarrollando las
virtudes contrarias. Esto puede hacerse siguiendo las directrices
antes indicadas, y un auto examen de buena fe nos descubrirá
la naturaleza de nuestros errores. Nuestros consejeros espirituales,
médicos de verdad e íntimos amigos podrán ayudamos
a conseguir un buen retrato de nosotros mismos, pero el método
perfecto de aprender es el pensamiento sereno y la meditación,
y el llegar a un ambiente de paz y sosiego en el que las almas puedan
hablamos a través de la conciencia e intuición, y guiamos
según sus deseos. Sólo con que podamos apartamos un
rato todos los días, perfectamente solos y en un lugar tranquilo,
sin que nadie nos interrumpa, y sentamos o tumbamos tranquilamente,
con la mente en blanco o bien pensando sosegadamente en nuestra labor
en la vida, veremos después de un tiempo que esos momentos
nos ayudan mucho y que en ellos tenemos como destellos de conocimiento
y de consejo. Vemos que se responde infaliblemente a los difíciles
problemas de la vida, y somos capaces de elegir confiadamente el camino
recto. En esos momentos tenemos que alimentar en nuestro corazón
un sincero deseo de servir a la humanidad y de trabajar siguiendo
los dictados de nuestra alma.
Recordemos
que cuando se descubre el defecto, el remedio no consiste en luchar
denodadamente contra él con grandes dosis de voluntad y energía
para suprimido, sino en desarrollar firmemente la virtud contraria,
y así, automáticamente, desaparecerá de nuestra
naturaleza todo rastro de mal. Éste es el verdadero método
natural de progresar y de dominar al mal, mucho más fácil
y efectivo que la lucha contra un defecto en particular. Al combatir
un defecto, se aumenta el poder de éste al mantener la atención
centrada en su presencia, y se desencadena una verdadera batalla;
el mayor éxito que cabe esperar en este caso es vencerlo, lo
cual deja mucho que desear, ya que el enemigo permanece dentro de
nosotros mismos y en un momento de debilidad puede resurgir con renovados
bríos. Olvidar el defecto y tratar conscientemente de desarrollar
la virtud que aniquile al anterior, ésa es la verdadera victoria.
Por
ejemplo, si existe crueldad en nuestra naturaleza, podemos repetirnos
continuamente: «No voy a ser cruel», y así evitar
errar en esa dirección; pero el éxito en este caso depende
de la fortaleza de la mente, y, si se debilita por un momento, podemos
olvidar nuestra resolución. Pero si, por otra parte, desarrollamos
la compasión y el cariño por nuestros semejantes, esta
cualidad hará que la crueldad sea imposible de una vez por
todas, pues evitaremos con horror cualquier acto cruel gracias a la
compasión. En este caso no hay supresión, no hay enemigo
oculto que aparezca en cuanto bajamos la guardia, pues nuestra compasión
habrá erradicado por completo de nuestra naturaleza la posibilidad
de cualquier acto que pudiera dañar a los demás.
Como hemos visto anteriormente, la naturaleza de nuestras enfermedades
físicas nos ayudará materialmente al señalar
qué disonancia mental es la causa básica de su origen;
y otro gran factor de éxito es que consideremos la vida y la
existencia no meramente como un deber que hay que cumplir con la mayor
paciencia posible, sino que desarrollemos un verdadero gozo por la
aventura de nuestro paso por este mundo.
Quizá
una de las mayores tragedias del materialismo es el desarrollo del
aburrimiento y la pérdida de la auténtica felicidad
interna; enseña a la gente a buscar el contento y la compensación
a los padecimientos en las alegrías y placeres terrenos, y
éstos sólo pueden proporcionar un olvido temporal de
nuestras dificultades. Una vez empezamos a buscar compensación
a nuestras duras pruebas con las bromas de un bufón a sueldo,
comenzamos un círculo vicioso. La diversión, los entretenimientos
y las frivolidades son buenos para todos nosotros, pero no cuando
dependemos de ellos persistentemente para olvidar nuestros reveses.
Las diversiones mundanas de cualquier clase tienen que ir aumentando
de intensidad para ser eficaces, y lo que ayer nos distraía
mañana nos aburrirá. Así seguimos buscando otras
y mayores diversiones hasta que nos saciamos y ya no obtenemos alivio
por esa parte. De una forma o de otra, la dependencia de las diversiones
mundanas nos convierte a todos en Faustos, y aunque no seamos plenamente
conscientes de ello, la vida se convierte en poco más que un
deber paciente, y su auténtica sal y alegría, que debiera
ser la herencia de todo niño y mantenerse a lo largo de la
vida hasta la hora postrera, se nos escapa. Hoy día se alcanza
el estado extremo en los esfuerzos científicos por rejuvenecer,
por prolongar la vida natural y aumentar los placeres sensuales con
prácticas demoníacas.
El
aburrimiento es el responsable de que admitamos en nuestro ser una
incidencia de la enfermedad mucho mayor de la normal, de forma que
las enfermedades asociadas con él tienden a aparecer a edad
cada vez más temprana. Esta circunstancia no se dará
si conocemos la verdad de nuestra Divinidad, nuestra misión
en el mundo, y, por tanto, si contamos con la alegría de obtener
experiencia y de ayudar a los demás. El antídoto del
aburrimiento es interesarse activa y vivamente por todo cuanto nos
rodea, estudiar la vida durante todo el día, aprender y aprender
y aprender de nuestros semejantes, y de los avatares de la vida, y
ver la Verdad que se oculta tras todas las cosas, perdernos en el
arte de adquirir conocimientos y experiencia, y aprovechar las oportunidades
de utilizar esta experiencia en favor de un compañero de fatigas.
Así, cada momento de nuestro trabajo y de nuestro ocio nos
aportará un conocimiento, un deseo de experimentar con cosas
reales, con aventuras reales y hechos que valgan la pena, y conforme
desarrollemos esa facultad, veremos que recuperamos el poder de sacar
contento de los menores incidentes, y circunstancias que hasta entonces
nos parecían mediocres y de gran monotonía, serán
motivo de investigación y de aventura. Son las cosas más
sencillas de la vida -las cosas sencillas porque están más
cerca de la gran Verdad- las que nos proporcionarán un placer
más real.
La
renuncia, la resignación, que nos convierte en un mero pasajero
pasivo del viaje por la vida, abre la puerta a influencias adversas
que nunca habrían tenido oportunidad de deslizarse si la existencia
cotidiana se viviera con alegría y espíritu de aventura.
Cualquiera que sea la situación de cada uno, trabajador en
una ciudad superpoblada o pastor solitario en las montañas,
tratemos de convertir la monotonía en interés, el deber
aburrido en una alegre oportunidad para experimentar, y la vida cotidiana
en un intenso estudio de la humanidad y de las leyes fundamentales
del Universo. En todo lugar hay amplias oportunidades de observar
las leyes de la Creación, tanto en las montañas como
en los valles, o entre nuestros hermanos los hombres. Lo primero,
convirtamos la vida en una aventura apasionante, en la que no quepa
el aburrimiento, y con el conocimiento así logrado veamos cómo
armonizar nuestra mente con nuestra alma y con la gran Unidad de la
Creación de Dios.
Otra
ayuda fundamental puede ser para nosotros desechar el miedo. El miedo,
en realidad, no cabe en el reino humano, puesto que la Divinidad que
hay dentro de nosotros, que es nosotros, es inconquistable e inmortal,
y si sólo nos diéramos cuenta de ello, nosotros, como
Hijos de Dios, no tendríamos nada que temer. En la era materialista,
el miedo aumenta naturalmente con las posesiones terrenas (ya sea
del propio cuerpo o riquezas externas), puesto que si tales cosas
son nuestro mundo, al ser tan pasajeras, tan difíciles de lograr
y tan imposibles de conservar, excepto lo que dura un suspiro, provocan
en nosotros la más absoluta ansiedad, no sea que perdamos la
oportunidad de conseguidas, y necesariamente hemos de vivir en un
estado constante de miedo, consciente o subconsciente, puesto que
en nuestro fuero interno sabemos que en cualquier momento nos pueden
arrebatar esas posesiones y que lo más que podemos conservadas
es una breve vida.
En
esta era, el miedo a la enfermedad ha aumentado hasta convertirse
en un gran poder de dañar, puesto que abre las puertas a las
cosas que tememos, y así éstas llegan más fácilmente.
Ese miedo es en realidad un interés egoísta, pues cuando
realmente estamos absortos en el bienestar de los demás no
tenemos tiempo de sentir aprensión ante nuestras enfermedades
personales. El miedo está actualmente desempeñando una
importante labor de intensificación de la enfermedad, y la
ciencia moderna ha extendido el reinado del terror al dar a conocer
al público sus descubrimientos, que no son más que verdades
a medias. El conocimiento de las bacterias y de los distintos gérmenes
asociados con la enfermedad ha causado estragos en las mentes de miles
de personas, y, debido al pánico que les ha provocado, les
ha hecho más susceptibles de ataque. Mientras las formas de
vida inferiores, como las bacterias, pueden desempeñar un papel,
o estar asociadas a la enfermedad física, no constituyen en
absoluto todo el problema, como se puede demostrar científicamente
o con ejemplos de la vida cotidiana. Hay un factor que la ciencia
es incapaz de explicar en el terreno físico, y es por qué
algunas personas se ven afectadas por la enfermedad mientras otras
no, aunque ambas estén expuestas a la misma posibilidad de
infección. El materialismo se olvida de que hay un factor por
encima del plano físico que, en el transcurso de la vida, protege
o expone a cualquier individuo ante la enfermedad, de cualquier naturaleza
que sea. El miedo, con su efecto deprimente sobre nuestra mentalidad,
que causa inarmonía en nuestros cuerpos físicos y magnéticos,
prepara el camino a la invasión, y si las bacterias y las causas
físicas fueran las que única e indudablemente provocaran
la enfermedad, entonces, desde luego, el miedo estaría justificado.
Pero cuando nos damos cuenta de que en las peores epidemias sólo
se ven atacados algunos de los que están expuestos a la infección,
y de que, como hemos visto, la causa real de la enfermedad se encuentra
en nuestra personalidad y cae dentro de nuestro control, entonces
tenemos razones para desechar el miedo, sabiendo que el remedio está
en nosotros mismos. Podemos decir que el miedo a los agentes físicos
como únicos causantes de la enfermedad debe desaparecer de
nuestras mentes, ya que esa ansiedad nos vuelve vulnerables, y si
tratamos de llevar la armonía a nuestra personalidad, no tenemos
que anticipar la enfermedad lo mismo que no debemos temer que nos
caiga un rayo o que nos aplaste un fragmento de meteoro.
Ahora
consideremos el cuerpo físico. No debemos olvidar en ningún
momento que es la morada terrena del alma, en la que habitamos una
breve temporada para poder entrar en contacto con el mundo y así
adquirir experiencia y conocimiento. Sin llegar a identificarnos demasiado
con nuestros cuerpos, debemos tratarlos con respeto y cuidado para
que se mantengan sanos y duren más tiempo, a fin de que podamos
realizar nuestro trabajo. En ningún momento debemos sentir
excesiva preocupación o ansiedad por ellos, sino que tenemos
que aprender a tener la menor conciencia posible de su existencia,
utilizándolos como un vehículo de nuestra alma y mente
y como esclavos de nuestra voluntad. La limpieza interna y externa
es de gran importancia. Para la limpieza externa, nosotros los occidentales
utilizamos agua excesivamente caliente; ésta abre los poros
y permite la admisión de suciedad. Además, la excesiva
utilización del jabón vuelve pegajosa la superficie.
El agua fresca o tibia, en forma de ducha o de baño renovado,
es el método más natural y mantiene el cuerpo más
sano; sólo la cantidad de jabón necesaria para quitar
la suciedad evidente, y luego enjuagado con agua fresca.
La
limpieza interna depende de la dieta, y deberíamos elegir cosas
limpias y completas y lo más frescas posible, principalmente
frutas naturales, verduras y frutos secos. Desde luego habría
que evitar la carne animal; primero porque provoca en el cuerpo veneno
físico; segundo porque estimula un apetito excesivo y anormal,
y tercero, porque implica crueldad con el mundo animal. Debe tomarse
mucho líquido para limpiar el cuerpo, como agua y vinos naturales
y productos derivados directamente del almacén de la Naturaleza,
evitando las bebidas destiladas, más artificiales.
El
sueño no debe ser excesivo, ya que muchos de nosotros tenemos
más control sobre el cuerpo cuando estamos despiertos que cuando
dormimos. El antiguo dicho inglés «cuando llega la hora
de darse la vuelta, llega la hora de levantarse» es una excelente
indicación de cuándo levantarse.
Las
ropas deben ser ligeras de peso, tan ligeras como lo permite el calor
que den; deben permitir que el aire traspase hasta el cuerpo, y, siempre
que sea posible, hay que exponer el cuerpo, a la luz del sol y al
aire fresco. Los baños de agua y de sol son grandes fuentes
de salud y vitalidad.
En
todo hay que estimular la alegría, y no debemos permitir que
nos opriman la duda y la depresión, sino que debemos recordar
que eso no es propio de nosotros, pues nuestras almas sólo
conocen la dicha y la felicidad.
CAPÍTULO
VIII
Así
pues, vemos que nuestra victoria sobre la enfermedad dependerá
principalmente de lo siguiente: primero, hay que tener conciencia
de la Divinidad que hay dentro de nosotros y de nuestro consiguiente
poder de superar las adversidades; segundo, hay que saber que la causa
básica de la enfermedad obedece a la falta de armonía
entre la personalidad y el alma; tercero, hay que tener la voluntad
y la capacidad de descubrir el defecto que causa semejante conflicto;
y en cuarto lugar, hay que suprimir ese defecto desarrollando la virtud
contraria.
El
deber del arte de la curación consistirá en ayudamos
a alcanzar el necesario conocimiento y en proporcionarnos los medios
para superar nuestras enfermedades, y además, en administramos
los remedios que fortalezcan nuestros cuerpos físicos y mentales
y nos den mayores probabilidades de victoria. Entonces sí estaremos
en disposición de atacar la enfermedad en su base con esperanza
de éxito. La escuela médica del futuro no se interesará
particularmente por los resultados finales y productos de la enfermedad,
ni les dará tanta importancia a las actuales lecciones físicas,
ni administrará drogas y productos químicos para paliar
los síntomas, sino que, conocedora de la verdadera causa de
la enfermedad y consciente de que los resultados físicos obvios
son meramente secundarios, concentrará sus esfuerzos en aportar
esa armonía entre cuerpo, mente y alma que conlleva el alivio
y curación de la enfermedad. Y en los casos en que se emprenda
lo bastante pronto la corrección de la mente, se evitará
la enfermedad inminente.
Entre
los tipos de remedios que se utilizarán, estarán los
que se obtienen de las plantas y las hierbas más bonitas que
se encuentran en la botica de la Naturaleza, plantas enriquecidas
divinamente con poderes curativos para el cuerpo y la mente del hombre.
Por
nuestra parte, debemos practicar la paz, la armonía, la individualidad
y la firmeza de propósito y desarrollar progresiva mente el
conocimiento de que en esencia somos de origen divino, hijos del Creador,
y por tanto tenemos dentro de nosotros, esperando a que los desarrollemos,
como haremos con toda seguridad en tiempos venideros, el poder de
alcanzar la perfección. y esta realidad crecerá en nosotros
hasta que se convierta en el rasgo más destacado de nuestra
existencia. Debemos practicar firmemente la paz, imaginando que nuestras
mentes son como lagos que siempre hay que mantener mansos, sin olas,
sin siquiera arrugas que perturben su tranquilidad, y gradualmente
desarrollar ese estado de paz hasta que ningún avatar de la
vida, ninguna circunstancia, ninguna otra personalidad pueda, bajo
ningún pretexto., estremecer la superficie del lago o fomentar
en nosotros sentimientos de irritabilidad, depresión o duda.
Nos ayudará materialmente el aislamos unos momentos todos los
días para pensar tranquilamente en la belleza de la paz y en
los beneficios de la calma, y damos cuenta de que no será con
prisas ni preocupaciones como más realizaremos, sino con calma,
tranquilidad y sosiego en la acción: así seremos más
eficientes en todo cuanto emprendamos. Armonizar nuestra conducta
en esta vida de acuerdo con los deseos de nuestra propia alma; y permanecer
en un estado de paz tal que las tribulaciones y preocupaciones del
mundo nos dejen impasibles es algo muy importante, y lograrlo nos
da esa paz que trasciende la comprensión; y aunque al principio
nos parezca ser un sueño fuera de nuestro alcance, con paciencia
y perseverancia estará al alcance de todos nosotros.
No
se nos pide en absoluto que seamos santos o mártires o personas
de renombre; a casi todos nosotros se nos reservan trabajos menos
vistosos; pero se espera de todos nosotros que entendamos las alegrías
y las aventuras de la vida y que cumplamos con agrado la parcela de
trabajo particular que la Divinidad nos ha reservado.
Para
todos los enfermos, la paz de espíritu y la armonía
con el alma son las mayores ayudas para la curación. La medicina
y enfermería del futuro prestarán mucha mayor atención
al desarrollo de esto en el paciente de lo que se hace hoy, cuando,
incapaces de juzgar los progresos de un caso salvo por medios científicos
materialistas, pensamos más en tomar la temperatura con frecuencia
y en prestar otras atenciones que interrumpen, más que promueven,
el descanso tranquilo y la relajación del cuerpo y de la mente
que tan esenciales son para la curación. No cabe duda de que
al parecer los menores síntomas del mal, en cualquier caso,
si logramos estar unas horas completamente relajados y en armonía
con nuestro Ser Superior, se abortará la enfermedad. En estos
momentos, lo que necesitamos es una fracción de esa calma simbolizada
con la entrada de Cristo en la barca durante la tormenta en el lago
de Galilea, cuando ordenó: "Paz, cálmate”.
Nuestra
visión de la vida depende de lo cerca que se encuentre la personalidad
del alma. Cuanto más íntima sea la unión, mayor
será la armonía y la paz, y más claramente brillará
la luz de la Verdad y la radiante felicidad que pertenece a los más
elevados ámbitos; éstas nos mantendrán firmes
y sin desmayar ante las dificultades y terrores del mundo, pues tienen
su base en la Verdad Eterna de Dios. El conocimiento de la Verdad
también nos da la certeza de que, por trágicos que parezcan
los acontecimientos del mundo, forman una mera etapa temporal en la
evolución del hombre; y que incluso la enfermedad es en sí
beneficiosa y obra bajo el imperio de ciertas leyes destinadas a producir
un bien final con la presión que ejercen sobre nosotros impulsándonos
hacia la perfección. Aquellos que saben esto no pueden verse
afectados, ni deprimidos, ni desconsolados por esos acontecimientos
que tanto pesan sobre los demás, y toda incertidumbre, miedo
y desesperanza desaparecen para siempre. Con sólo que podamos
estar en comunión constante con nuestra Alma, nuestro Padre
celestial, el mundo será un lugar de alegría y nadie
podrá ejercer sobre nosotros una influencia adversa.
No
se nos permite ver la magnitud de nuestra Divinidad, ni damos cuenta
del alcance de nuestro destino, ni del glorioso futuro que se abre
ante nosotros; pues si así fuera, la vida no sería una
prueba y no comportaría esfuerzo, ni mérito. Nuestra
virtud consiste en que nos olvidemos en gran medida de todas esas
cosas hermosas y, sin embargo, tengamos fe y ánimo para vivir
bien y enfrentamos con las dificultades terrenas. Sin embargo, por
comunión con nuestro Ser Superior, podemos mantener esa armonía
que nos permite superar toda la oposición del mundo y caminar
por el recto camino de nuestro Destino, sin que nos desvíen
de él malas influencias.
Luego
debemos desarrollar la individualidad y liberamos de todas las influencias
del mundo, para que, obedeciendo únicamente los dictados de
nuestra alma, y sin dejamos conmover por las circunstancias o por
otras personas, nos convirtamos en nuestros propios amos, gobernando
el timón de nuestro barco por los encrespados mares de la vida
sin abandonar la barra de la rectitud y sin dejar el timón
del barco en manos ajenas. Tenemos que conquistar nuestra libertad
absoluta y completamente, de forma que cuanto hagamos, todas y cada
una de nuestras acciones -incluso todos y cada uno de nuestros pensamientos-,
tenga su origen en nosotros mismos, permitiéndonos de ese modo
vivir y damos libremente por decisión nuestra, y sólo
nuestra.
Nuestra
mayor dificultad en este sentido estriba seguramente en nuestros allegados
en esa edad en la que el miedo a la convención y a los falsos
modelos de vida y de deber se nos presentan de modo tan atractivo.
Pero debemos enaltecer nuestro ánimo, que a muchos puede bastamos
para enfrentamos con las cosas aparentemente más importantes
de la vida, pero que a menudo cede ante las pruebas más pequeñas.
Tenemos que poder determinar impersonalmente lo bueno y lo malo y
actuar sin miedo en presencia de un familiar o de un amigo. ¡Cuántos
de nosotros son héroes en el mundo externo y cobardes en casa!
Por sutiles que sean los medios que tratan de apartamos de cumplir
nuestro destino, el pretexto del amor y del afecto, o un equivocado
sentido del deber, métodos que nos esclavizan y nos mantienen
prisioneros de los deseos y exigencias de los demás, debemos
rechazados suavemente. La voz de nuestra alma, y sólo esa voz,
habrá de indicamos cuál es nuestro deber, sin que nos
absorban los demás. Hay que desarrollar al máximo la
individualidad, y tenemos que aprender a andar por la vida sin fiamos
más que de nuestra alma como consejera y auxiliadora, aprender
a coger nuestra libertad con las dos manos y sumergimos en el mundo
para adquirir todas las partículas posibles de conocimiento
y de experiencia.
Al
mismo tiempo tenemos que estar en guardia para permitir que cada uno
ejerza su libertad, sin esperar nada de los demás, sino, al
contrario, estando siempre dispuestos a tender una mano para ayudarles
en los momentos de necesidad y de dificultad. Así, toda personalidad
con que nos encontremos en esta vida, ya sea madre, marido, hijo,
desconocido o amigo, se convierte en compañero de viaje, y
cualquiera de ellos puede ser más grande o más pequeño
que nosotros en cuanto a desarrollo espiritual; pero todos somos miembros
de una gran comunidad embarcados en el mismo viaje y con la misma
meta gloriosa al final.
Debemos
ser firmes en la determinación de vencer, resueltos en nuestra
voluntad para alcanzar la cima de la montaña; no nos detengamos
a mirar con pesar las caídas del caminar. Ninguna gran ascensión
se ha hecho nunca sin tropiezos ni caídas, y hay que considerados
como experiencias que nos ayudarán a tropezar menos en el futuro.
Ningún pensamiento sobre errores pasados debe deprimimos; ya
han pasado y terminaron, y el conocimiento así adquirido nos
ayudará a evitar repetidos. Debemos apresurar firmemente el
paso avanzado, sin pensar y sin volver la vista atrás, pues
el pasado de incluso hace una hora ya está atrás, y
el glorioso futuro con su resplandeciente luz siempre está
delante de nosotros. Hay que desechar cualquier miedo; no debería
existir nunca en la mente humana, y sólo es posible cuando
perdemos de vista a la Divinidad. Es algo extraño a nosotros
porque, como Hijos del Creador, Chispas de la Vida Divina, somos invencibles,
indestructibles, inconquistables. La enfermedad es aparentemente cruel
porque es el castigo de los malos pensamientos y de las malas acciones
que fueron crueldad para otros. De ahí la necesidad de desarrollar
el amor y la hermandad en nuestras naturalezas hasta el máximo,
ya que así la crueldad será imposible en el futuro.
El
desarrollo del Amor nos lleva a damos cuenta de la Unidad, de la verdad
de que todos y cada uno de nosotros pertenecemos a Una Gran Creación.
La
causa de todas nuestras tribulaciones es el egoísmo y el aislamiento,
y éstos desaparecen en cuanto pasan a formar parte de nuestras
naturalezas el Amor y el conocimiento de la gran Unidad. El Universo
es la materialización de Dios; en su nacimiento, es el renacer
de Dios; en su final, es Dios en su manifestación más
elevada. Así ocurre con el hombre; su cuerpo es él externalizado,
es una manifestación objetiva de su naturaleza interna; es
la expresión de sí mismo, la materialización
de las cualidades de su conciencia.
En
nuestra civilización occidental tenemos el ejemplo glorioso,
el gran modelo de perfección y las enseñanzas de Cristo
para guiamos. Actúa para nosotros como mediador entre nuestra
personalidad y nuestra alma. Su misión en la Tierra consiste
en enseñamos a obtener armonía y comunión con
nuestro Ser Superior, con Nuestro Padre que está en los cielos,
y, por tanto, a obtener la perfección de acuerdo con la Voluntad
del Gran Creador de todas las cosas.
Eso
mismo enseñó el Señor Buda y otros grandes maestros
que de vez en cuando bajaron a la Tierra a indicar a los hombres el
camino de la perfección. No hay atajo para la humanidad. Hay
que conocer la verdad, y el hombre debe unirse con el esquema de Amor
infinito de su Creador.
Y
así llegaremos, hermanos, al glorioso resplandor del conocimiento
de nuestra Divinidad. Empecemos a trabajar firme y verazmente para
cumplir el Gran Designio de ser felices y comunicar la felicidad,
uniéndonos a esa gran Hermandad cuya existencia y razón
de ser consiste en obedecer la voluntad de su Dios, y cuya mayor dicha
se encuentra en el servicio de sus hermanos menores.
Fuente:
Bach, Edward. La Curación por las Flores (Cúrese Ud.
Mismo; Los Doce Remedios; Catálogo de Remedios de Wheeler)
Edaf. Madrid, 1991.